Me maquillé. Me peiné. Me puse la mejor ropa de mi ropero. ¿Para qué? O mejor dicho, ¿para quién? No era nada más que una simple noche. Trataba de olvidarme de todo lo que pasé en la semana. Me olvidé de todo. Menos de vos.
Rondabas por todos mis extremos, por donde miraba, estabas. Que terrible fue enamorarme tanto de vos.
Caminé hacia mi cama, te vi. No, no te vi, te imaginé. Estabas ahí, donde yo quería. Me miraste y me dijiste que me amabas y que no me ibas a cambiar por nadie, que nada iba a impedirnos estar juntos, que íbamos a ser felices toda la vida, que te hacía feliz, que la pasabas bien conmigo, que nunca te habías enamorado tanto y todas esas cursilerías que tanto me gustan. Me golpeé la cabeza, no podía imaginar tantas cosas que no eran ciertas.
Me acosté. Nuevamente te imaginé abrazándome, diciéndome al oído que me amabas.
Cada día más tonta me estabas volviendo.
Debo, tengo y quiero superarte. Pero no, mi corazón prefiere seguir imaginándote.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario